Ya bordea la medianoche y aunque, estoy algo cansado por el trajín del día, se me había ocurrido ensayar alguna reflexión aprovechando, nuevamente, la excusa de un aniversario. Se trata esta vez de los quince años del alzamiento zapatista en Chiapas, el 1º de enero de 1994, fecha en la que -como seguramente sabrán- México se incorporaba al Tratado de Libre Comercio con los otros dos países norteamericanos. (Dicho sea de paso, va siendo tiempo de hablar con propiedad y dejar de llamar norteamericanos a los que son sólo estadounidendes).
Desde 1994 a la fecha, el zapatismo, el EZLN y más específicamente el Subcomandante Marcos, han acaparado la atención de numerosos estudiosos y artistas, con sus curiosidades acicateadas por esa radical novedad que en varios aspectos implicó la emergencia de aquel movimiento. La original retórica del zapatismo -muy distante de la dura y severa prosa revolucionaria de las décadas anteriores-, su creativa apropiación de las tecnologías de la globalización como medios para divulgar su discurso de rebeldía a lo largo del planeta y su capacidad para apelar a un conjunto de sujetos más amplio que una clase o etnia en particular, son sólo algunos de los rasgos que le han dado esa originalidad. Originalidad que permitió, entre otras cosas, que las capuchas negras dejaran de ser tenidas como símbolos de terrorismo para pasar a ser vistas como emblemas de una rebelión que hace del anonimato -una condición a la que esos grupos habían sido condenados durante décadas de marginación- un arma que se vuelve contra lo dominante . Por mi parte, no dejo de sentir cierta profunda afectación por el movimiento zapatista, por la figura del Subcomandante y
por su capacidad de resistir tanto el asedio del Ejército mexicano, como los patéticos alardes de algunos presidentes de México, que prometían que quince días les bastaban para solucionar el conflicto en Chiapas. Por todo ello, aprovecho para dar un saludo cibernético a los rebeldes de la Selva Lacandona, aún sabiendo que es muy improbable que los alcance el abrazo de este ignoto blog. Sin embargo, del zapatismo me fascina aquello mismo que me provoca cierta desconfianza. No, desconfianza no. Digamos, por usar una expresión conocida, que me obliga a mantener una perspectiva crítica respecto al pensamiento zapatista.
Pero primero lo primero: la razón de mi simpatía. Es bastante sencilla. En realidad, está sobre todo en advertir la lectura crítica que el zapatismo ha sabido hacer de la historia latinoamericana, en particular de la segunda mitad del siglo XX, período durante el cual se estableció como dominante un cierto paradigma de revolución -como meta posible de ser alcanzada por una pequeña vanguardia revolucionaria, que quizás tuvo su forma más emblemática en el llamado foquismo guevarista-, que sin embargo se tradujo en rotundas derrotas de esas iniciativas. Esa crítica a la "ilusión estatal" -como la ha denominado John Holloway- es uno de los aspectos más originales del zapatismo en relación a la tradición revolucionaria que lo antecede. En efecto, como los propios zapatistas se encargan de recordarnos, no es su objetivo "tomar", "conquistar", "ocupar" el Estado para desde allí lanzar un proceso de transformación social desde arriba. En lugar de ir a inyectar conciencia a sujetos carentes de ella -"concientizar", como se sigue repitiendo en la jerga de buena parte de la izquierda-, el zapatismo aprendió a oir a esos mismos sujetos. Y de ellos aprendió mucho. En particular, pudo desprenderse -con todas las consecuencias teóricas y prácticas de ello- de esa idea de que la construcción de una sociedad más justa y libre no puede en ningún caso ser producto de la razón de una vanguardia revolucionaria, por más claro que sea su pensamiento. ¿Puede una teoría decirnos cuál es la forma de sociedad más deseable? ¿Puede una ciencia social definirnos las características que esa sociedad debería tener, prescindiendo de la participación -activa, no solo invocada en el discurso a la manera de una presencia fantasmática- de otras formas de pensamiento? Que se me entienda bien: no pretendo sugerir ningún proyecto de restauración teológica -(¡Dios me salve!)-, sino tan sólo advertir que la política no es reductible a ciencia. La política es -y perdón por la definición tautológica- política. Dar por supuesto que existe alguna teoría social que es capaz de mostrarnos el camino, significa precisamente clausurar la puerta a la política: frente a la razón del otro, yo tengo la supremacía de un saber científico y con ello me basta.
Pero dije que había en el zapatismo algo que me provocaba cierta mirada crítica. No me interesa aquí tanto reparar en los argumentos de quienes acusan al zapatismo de obviar cómodamente el problema del Estado. De todos modos, a mí no me preocupa tanto esa cuestión (¿deben todos los movimientos sociales aspirar a ocupar el Estado?) como sí otra en la que creo se percibe mejor la ambigüedad -uso el término por simple comodidad, ¿qué o quién escapa a esa condición?- del zapatismo. En efecto, si uno debiera señalar cuál es el actor al que el zapatismo apela con su retórica, creativa y accesible a la vez, es la sociedad civil. Uno podría tener alguna contemplación con el pensamiento zapatista y señalar, de un modo relativista, que ello se explica por las particularidades de México, que durante gran parte del siglo XX se caracterizó por la debilidad de su sistema político y por la colonización del Estado por parte de un partido. Sin embargo, me parece importante ir más allá de esta explicación y señalar algo más de fondo. Si las vanguardias revolucionarias de los años sesenta y setenta interpelaban al proletariado o al campesinado, el zapatismo hace lo propio con la sociedad civil, a la que llama a levantarse contra un Estado ante todo opresivo. Pero ahí se presenta a mi juicio un problema, ¿es la sociedad civil un actor? Yo no lo creo. No lo creo en absoluto: la sociedad civil es simplemente un espacio, una dimensión de la sociedad.
Podría responderse a esto que estamos errando la perspectiva, que el zapatismo no ve, de manera ingenua, en la sociedad civil un actor homogéneo, sino que a través de ella refiere en realidad a una multiplicidad de actores sociales: indígenas, negros, mujeres, homosexuales, ecologistas, artistas, trabajadores, e infinitos etcéteras. Pero, ¿son todos esos actores equivalentes? No pretendo insinuar ninguna jerarquía entre esas identidades, que son necesariamente múltiples y no cabe reducir a una que las comprenda a todas. A lo que apunto es a otra cosa. ¿Se ubican todos esos actores en un mismo plano? ¿Hablan un mismo lenguaje? Tengo mis dudas al respecto. El principal desafío que en la actualidad enfrentan los movimientos sociales emancipatorios está precisamente en la "comunicabilidad" de sus luchas, en la posibilidad de establecer vínculos, conexiones, que vayan más allá de las habituales declaraciones de solidaridad de unos para con otros. ¿Existe comunicación significativa alguna entre, pongamos por caso, un movimiento indígena y un movimiento homosexual? ¿La hay entre ecologistas y trabajadores? Si se atiende al estado actual de esos movimientos, todo parece sugerir lo contrario. Entonces es aquí donde la cuestión del zapatismo se revela en toda su ambigüedad: su discurso, tan amplio como para que todas las situaciones de opresión encuentren en él una voz propia, cobra de esa manera una formidable extensión; pero lo hace justamente en unas condiciones que parecen impedir la construcción de un destino común para todos esos actores. ¿Debemos entonces reemplazar nuestra imagen clásica de emancipación societal por la de una multiplicidad de pequeñas emancipaciones? El destino político que ha conocido el zapatismo parece ser testimonio de estas dificultades. Por quince años ha logrado resistir en la selva chiapaneca. Pero ¿no ha conducido ello a una suerte de parálisis política del zapatismo? ¿Cuáles son sus perspectivas futuras?
¿Redescubrirá la aspiración a controlar el Estado? ¿Seguirá apelando a la sociedad civil como factor de transformación? ¿Se contentará con la construcción de una sociedad paralela, refugiada en el ámbito de las comunidades? ¿Los zapatistas están solos o no? No tenemos respuestas para ninguna de estas preguntas. Simplemente nos limitamos a formularlas, porque nos parece una buena forma de, cuanto menos, volver a pensar sobre la cuestión. Se ha hecho bastante tarde ya y mañana espera el trabajo, de manera que dejamos aquí estas reflexiones esperando compartirlas con algún ciberlector.
Desde 1994 a la fecha, el zapatismo, el EZLN y más específicamente el Subcomandante Marcos, han acaparado la atención de numerosos estudiosos y artistas, con sus curiosidades acicateadas por esa radical novedad que en varios aspectos implicó la emergencia de aquel movimiento. La original retórica del zapatismo -muy distante de la dura y severa prosa revolucionaria de las décadas anteriores-, su creativa apropiación de las tecnologías de la globalización como medios para divulgar su discurso de rebeldía a lo largo del planeta y su capacidad para apelar a un conjunto de sujetos más amplio que una clase o etnia en particular, son sólo algunos de los rasgos que le han dado esa originalidad. Originalidad que permitió, entre otras cosas, que las capuchas negras dejaran de ser tenidas como símbolos de terrorismo para pasar a ser vistas como emblemas de una rebelión que hace del anonimato -una condición a la que esos grupos habían sido condenados durante décadas de marginación- un arma que se vuelve contra lo dominante . Por mi parte, no dejo de sentir cierta profunda afectación por el movimiento zapatista, por la figura del Subcomandante y
Pero primero lo primero: la razón de mi simpatía. Es bastante sencilla. En realidad, está sobre todo en advertir la lectura crítica que el zapatismo ha sabido hacer de la historia latinoamericana, en particular de la segunda mitad del siglo XX, período durante el cual se estableció como dominante un cierto paradigma de revolución -como meta posible de ser alcanzada por una pequeña vanguardia revolucionaria, que quizás tuvo su forma más emblemática en el llamado foquismo guevarista-, que sin embargo se tradujo en rotundas derrotas de esas iniciativas. Esa crítica a la "ilusión estatal" -como la ha denominado John Holloway- es uno de los aspectos más originales del zapatismo en relación a la tradición revolucionaria que lo antecede. En efecto, como los propios zapatistas se encargan de recordarnos, no es su objetivo "tomar", "conquistar", "ocupar" el Estado para desde allí lanzar un proceso de transformación social desde arriba. En lugar de ir a inyectar conciencia a sujetos carentes de ella -"concientizar", como se sigue repitiendo en la jerga de buena parte de la izquierda-, el zapatismo aprendió a oir a esos mismos sujetos. Y de ellos aprendió mucho. En particular, pudo desprenderse -con todas las consecuencias teóricas y prácticas de ello- de esa idea de que la construcción de una sociedad más justa y libre no puede en ningún caso ser producto de la razón de una vanguardia revolucionaria, por más claro que sea su pensamiento. ¿Puede una teoría decirnos cuál es la forma de sociedad más deseable? ¿Puede una ciencia social definirnos las características que esa sociedad debería tener, prescindiendo de la participación -activa, no solo invocada en el discurso a la manera de una presencia fantasmática- de otras formas de pensamiento? Que se me entienda bien: no pretendo sugerir ningún proyecto de restauración teológica -(¡Dios me salve!)-, sino tan sólo advertir que la política no es reductible a ciencia. La política es -y perdón por la definición tautológica- política. Dar por supuesto que existe alguna teoría social que es capaz de mostrarnos el camino, significa precisamente clausurar la puerta a la política: frente a la razón del otro, yo tengo la supremacía de un saber científico y con ello me basta.

Pero dije que había en el zapatismo algo que me provocaba cierta mirada crítica. No me interesa aquí tanto reparar en los argumentos de quienes acusan al zapatismo de obviar cómodamente el problema del Estado. De todos modos, a mí no me preocupa tanto esa cuestión (¿deben todos los movimientos sociales aspirar a ocupar el Estado?) como sí otra en la que creo se percibe mejor la ambigüedad -uso el término por simple comodidad, ¿qué o quién escapa a esa condición?- del zapatismo. En efecto, si uno debiera señalar cuál es el actor al que el zapatismo apela con su retórica, creativa y accesible a la vez, es la sociedad civil. Uno podría tener alguna contemplación con el pensamiento zapatista y señalar, de un modo relativista, que ello se explica por las particularidades de México, que durante gran parte del siglo XX se caracterizó por la debilidad de su sistema político y por la colonización del Estado por parte de un partido. Sin embargo, me parece importante ir más allá de esta explicación y señalar algo más de fondo. Si las vanguardias revolucionarias de los años sesenta y setenta interpelaban al proletariado o al campesinado, el zapatismo hace lo propio con la sociedad civil, a la que llama a levantarse contra un Estado ante todo opresivo. Pero ahí se presenta a mi juicio un problema, ¿es la sociedad civil un actor? Yo no lo creo. No lo creo en absoluto: la sociedad civil es simplemente un espacio, una dimensión de la sociedad.
Podría responderse a esto que estamos errando la perspectiva, que el zapatismo no ve, de manera ingenua, en la sociedad civil un actor homogéneo, sino que a través de ella refiere en realidad a una multiplicidad de actores sociales: indígenas, negros, mujeres, homosexuales, ecologistas, artistas, trabajadores, e infinitos etcéteras. Pero, ¿son todos esos actores equivalentes? No pretendo insinuar ninguna jerarquía entre esas identidades, que son necesariamente múltiples y no cabe reducir a una que las comprenda a todas. A lo que apunto es a otra cosa. ¿Se ubican todos esos actores en un mismo plano? ¿Hablan un mismo lenguaje? Tengo mis dudas al respecto. El principal desafío que en la actualidad enfrentan los movimientos sociales emancipatorios está precisamente en la "comunicabilidad" de sus luchas, en la posibilidad de establecer vínculos, conexiones, que vayan más allá de las habituales declaraciones de solidaridad de unos para con otros. ¿Existe comunicación significativa alguna entre, pongamos por caso, un movimiento indígena y un movimiento homosexual? ¿La hay entre ecologistas y trabajadores? Si se atiende al estado actual de esos movimientos, todo parece sugerir lo contrario. Entonces es aquí donde la cuestión del zapatismo se revela en toda su ambigüedad: su discurso, tan amplio como para que todas las situaciones de opresión encuentren en él una voz propia, cobra de esa manera una formidable extensión; pero lo hace justamente en unas condiciones que parecen impedir la construcción de un destino común para todos esos actores. ¿Debemos entonces reemplazar nuestra imagen clásica de emancipación societal por la de una multiplicidad de pequeñas emancipaciones? El destino político que ha conocido el zapatismo parece ser testimonio de estas dificultades. Por quince años ha logrado resistir en la selva chiapaneca. Pero ¿no ha conducido ello a una suerte de parálisis política del zapatismo? ¿Cuáles son sus perspectivas futuras?
¿Redescubrirá la aspiración a controlar el Estado? ¿Seguirá apelando a la sociedad civil como factor de transformación? ¿Se contentará con la construcción de una sociedad paralela, refugiada en el ámbito de las comunidades? ¿Los zapatistas están solos o no? No tenemos respuestas para ninguna de estas preguntas. Simplemente nos limitamos a formularlas, porque nos parece una buena forma de, cuanto menos, volver a pensar sobre la cuestión. Se ha hecho bastante tarde ya y mañana espera el trabajo, de manera que dejamos aquí estas reflexiones esperando compartirlas con algún ciberlector.

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