
Por décadas, Cuba fue vista como un faro para la revolución socialista, imagen que el propio régimen contribuyó a alimentar atando el destino de la nación al de la revolución. Sin embargo, como es sabido, ésta no había sido “roja” desde el principio: no fue sino hasta diciembre de 1961 que el régimen se proclamó como marxista-leninista. Los objetivos que habían llevado a la fundación del Movimiento 26 de Julio, no correspondían cabalmente con la imposición de la dictadura del proletariado. En palabras del propio Castro, “sus filas estarán abiertas para todos los cubanos que sinceramente deseen restablecer en Cuba la democracia política e implantar la justicia social.” Democracia política y justicia social no eran vistos como elementos incompatibles o subordinables uno a otro. Todavía más, el Movimiento 26 de Julio estuvo lejos de ser el único actor comprometido con el derrocamiento de la dictadura iniciada en 1952: el Partido Revolucionario Cubano, el Directorio Revolucionario, la Acción Nacional Revolucionaria y las organizaciones sindicales, entre otros, también estuvieron involucrados en la lucha armada para terminar con la dictadura de Batista. Así, la revolución triunfante en 1959 no respondió precisamente al modelo leninista de vanguardia que luego muchos creyeron ver -y continúan viendo- en ella, sino más bien a la articulación de diversos movimientos en torno a un nacionalismo popular antiimperialista del que no habían faltado experiencias en América Latina.
El 1º de enero de 1959, en el periódico Patria el propio “Che” Guevara señalaba que “el Movimiento 26 de Julio, ligado a los más altos intereses de la nación cubana, da su batalla, sin desplantes pero sin claudicaciones, por los obreros y los campesinos, por los profesionales y pequeños comerciantes, por los industriales nacionales, por la democracia y la libertad, por el derecho de ser hijos libres de un pueblo libre.” Al menos durante sus primeros años, la revolución no hablaba el lenguaje de una clase, sino el de un pueblo de contornos más amplios, nacionales, que comprendía a diversos sectores sociales. Estas cuestiones suelen ser dejadas de lado, como algo prácticamente insignificante frente al conjunto de la trayectoria de la revolución cubana, embarcada en el socialismo desde finales de 1961. Cuando no son directamente olvidados, ese tipo de discursos de la dirigencia revolucionaria son tomados como evidencia del tino político de esos mismos líderes, que sabiendo de las aprensiones que podía despertar una explícita invocación al socialismo, preferían mantenerse en un lenguaje político más impreciso pero que permitiera amplificar todo lo que se pudiera el discurso revolucionario. El Movimiento 26 de Julio habría sido, desde esta mirada, una suerte de réplica de la "máscara de Fernando VII" que los líderes independentistas de Sudamérica habrían empleado para no despertar las sospechas de los defensores del orden colonial.
Pero fue una serie de imperativos estratégicos antes que una convicción ideológica hasta entonces ocultada por los líderes revolucionarios, lo que condujo a construir la legitimidad del nuevo régimen a partir de otros valores y tradiciones políticas. En primer lugar, el desarrollo de la revolución –sobre todo el fracaso de la huelga general de abril de 1958- había demostrado a los dirigentes del Movimiento 26 de Julio que estaban lejos de dirigir por completo dicho proceso. El paulatino acercamiento de Castro a los comunistas cubanos obedeció al interés de aquella dirigencia de fortalecer su poder frente a otros sectores con los que se competía por el control político del nuevo régimen. Los comunistas ofrecían a Castro la posibilidad de contar con relaciones más sólidas con las organizaciones sindicales, que por cierto no respondían orgánicamente a las estrategias del Movimiento 26 de Julio. Esto provocó el alejamiento e inclusive la prisión de algunos revolucionarios –como en el caso del Comandante Huber Matos- que no aprobaban ese acercamiento al Partido Comunista, entre otras razones porque éste había colaborado con el primer gobierno de Batista (1940-1944).
Por otra parte, las diversas nacionalizaciones de servicios y la reforma agraria –que en su primera fase había contemplado la existencia de propiedad privada en parcelas de hasta 400 hectáreas-, pronto despertaron el rechazo del gobierno de los Estados Unidos, siendo que afectaron severamente a los capitales norteamericanos en la isla. Para 1961 su respuesta coincidió con el encono de los cubanos que habían escapado de su país luego del triunfo de la revolución. En abril de ese año, el combate de Playa Girón representó la manifestación más clara de esa comunión de intereses entre los exiliados y la administración Kennedy, pero también un episodio decisivo para el nuevo régimen cubano, que consagraría el combate al imperialismo norteamericano como su más importante fuente de legitimación política. La derrota infligida a las fuerzas invasoras logró que la revolución sobreviviera, pero concientes de la persistencia de la amenaza norteamericana, los dirigentes cubanos vieron la necesidad de establecer alianzas defensivas con otros países. Fue en este sentido que el acercamiento a los comunistas también resultó ventajoso para Castro, dado que ello le permitió contar con el auxilio de la URSS frente a la posibilidad de un nuevo intento de invasión. En diciembre de 1961, casi tres años después del derrocamiento de Batista, Castro declaró al régimen cubano como marxista-leninista. En junio de 1962, aquella alianza se materializó en la instalación de misiles nucleares soviéticos en la isla caribeña, dando lugar a una profunda crisis diplomática, finalmente resuelta de manera bilateral entre Estados Unidos y la URSS. Pero la colaboración militar y económica de la potencia socialista tuvo su contraparte en un más estrecho alineamiento de Cuba con la URSS, manifiesto por ejemplo en el apoyo que Castro dio a la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968.
La disolución de la URSS significó un profundo desafío para Cuba, pero aun con todas las dificultades que ello implicó frente a la vigencia del bloqueo económico impuesto por los EEUU, el socialismo cubano ha logrado sobrevivir a su potencia benefactora. La apertura a las inversiones extranjeras, especialmente en el sector del turismo, ha permitido a la isla sortear lo peor de la crisis a la que se enfrentó desde comienzos de la década de 1990. En los últimos años, el acercamiento a la Venezuela de Chávez ha representado una estrategia provechosa, no sólo en términos económicos sino también políticos, sobre todo a partir de la posición antiimperialista de ambos países. Sin renunciar a sus principios, el socialismo hacia el cual parece orientarse Cuba cincuenta años después de la revolución parece algo diferente del que construyó bajo el amparo soviético.
Por ejemplo, algunos desplazamientos en la retórica revolucionaria parecen sugerir que está teniendo lugar una redefinición de sus horizontes. No son sólo las tradicionales figuras del imaginario marxista las que pueblan el panteón de héroes de la revolución. En él ocupan un lugar cada vez más destacado otras de talante más propiamente latinoamericano -tales como Simón Bolívar o José Martí- que tienen en común su lucha contra el imperialismo, norteamericano más precisamente. Al recrear así su discurso, el régimen cubano parece retomar los fundamentos que dieron origen a la formación del Movimiento 26 de Julio, reubicando a la revolución en la larga tradición de luchas de liberación nacional en América Latina. Acaso estas transformaciones representen indicios de que Cuba ha comenzado a distanciarse –si bien lentamente, como sugieren los hechos producidos desde julio de 2006 a la fecha- del modelo estatalista y monopartidario de socialismo a cuya construcción se abocó durante casi cinco décadas. Por otra parte, el fuerte apoyo que el gobierno continúa teniendo entre la propia población cubana, lleva a pensar que en su futuro cercano la isla no experimentará un proceso de rápida liberalización que conduzca a la caída del régimen, como sucedió en el caso de los comunismos de Europa Oriental. La fuerza que mantiene en Cuba y el respaldo que cuenta entre otros gobiernos latinoamericanos –hecho inédito en la historia de la revolución-, hacen que el régimen encuentre en la actualidad un contexto favorable para la transición hacia nuevas formas que, como quería el Castro del Movimiento 26 de Julio, no vean como incompatibles la justicia social y la democracia política. Es cierto que la revolución cubana ha resistido cincuenta años, pero esa resistencia ha sido también la de la generación de 1959 a ser sucedida en el poder, como lo demuestra el recambio de autoridades producido en julio de 2006.
Pero fue una serie de imperativos estratégicos antes que una convicción ideológica hasta entonces ocultada por los líderes revolucionarios, lo que condujo a construir la legitimidad del nuevo régimen a partir de otros valores y tradiciones políticas. En primer lugar, el desarrollo de la revolución –sobre todo el fracaso de la huelga general de abril de 1958- había demostrado a los dirigentes del Movimiento 26 de Julio que estaban lejos de dirigir por completo dicho proceso. El paulatino acercamiento de Castro a los comunistas cubanos obedeció al interés de aquella dirigencia de fortalecer su poder frente a otros sectores con los que se competía por el control político del nuevo régimen. Los comunistas ofrecían a Castro la posibilidad de contar con relaciones más sólidas con las organizaciones sindicales, que por cierto no respondían orgánicamente a las estrategias del Movimiento 26 de Julio. Esto provocó el alejamiento e inclusive la prisión de algunos revolucionarios –como en el caso del Comandante Huber Matos- que no aprobaban ese acercamiento al Partido Comunista, entre otras razones porque éste había colaborado con el primer gobierno de Batista (1940-1944).Por otra parte, las diversas nacionalizaciones de servicios y la reforma agraria –que en su primera fase había contemplado la existencia de propiedad privada en parcelas de hasta 400 hectáreas-, pronto despertaron el rechazo del gobierno de los Estados Unidos, siendo que afectaron severamente a los capitales norteamericanos en la isla. Para 1961 su respuesta coincidió con el encono de los cubanos que habían escapado de su país luego del triunfo de la revolución. En abril de ese año, el combate de Playa Girón representó la manifestación más clara de esa comunión de intereses entre los exiliados y la administración Kennedy, pero también un episodio decisivo para el nuevo régimen cubano, que consagraría el combate al imperialismo norteamericano como su más importante fuente de legitimación política. La derrota infligida a las fuerzas invasoras logró que la revolución sobreviviera, pero concientes de la persistencia de la amenaza norteamericana, los dirigentes cubanos vieron la necesidad de establecer alianzas defensivas con otros países. Fue en este sentido que el acercamiento a los comunistas también resultó ventajoso para Castro, dado que ello le permitió contar con el auxilio de la URSS frente a la posibilidad de un nuevo intento de invasión. En diciembre de 1961, casi tres años después del derrocamiento de Batista, Castro declaró al régimen cubano como marxista-leninista. En junio de 1962, aquella alianza se materializó en la instalación de misiles nucleares soviéticos en la isla caribeña, dando lugar a una profunda crisis diplomática, finalmente resuelta de manera bilateral entre Estados Unidos y la URSS. Pero la colaboración militar y económica de la potencia socialista tuvo su contraparte en un más estrecho alineamiento de Cuba con la URSS, manifiesto por ejemplo en el apoyo que Castro dio a la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968.
La disolución de la URSS significó un profundo desafío para Cuba, pero aun con todas las dificultades que ello implicó frente a la vigencia del bloqueo económico impuesto por los EEUU, el socialismo cubano ha logrado sobrevivir a su potencia benefactora. La apertura a las inversiones extranjeras, especialmente en el sector del turismo, ha permitido a la isla sortear lo peor de la crisis a la que se enfrentó desde comienzos de la década de 1990. En los últimos años, el acercamiento a la Venezuela de Chávez ha representado una estrategia provechosa, no sólo en términos económicos sino también políticos, sobre todo a partir de la posición antiimperialista de ambos países. Sin renunciar a sus principios, el socialismo hacia el cual parece orientarse Cuba cincuenta años después de la revolución parece algo diferente del que construyó bajo el amparo soviético.
Por ejemplo, algunos desplazamientos en la retórica revolucionaria parecen sugerir que está teniendo lugar una redefinición de sus horizontes. No son sólo las tradicionales figuras del imaginario marxista las que pueblan el panteón de héroes de la revolución. En él ocupan un lugar cada vez más destacado otras de talante más propiamente latinoamericano -tales como Simón Bolívar o José Martí- que tienen en común su lucha contra el imperialismo, norteamericano más precisamente. Al recrear así su discurso, el régimen cubano parece retomar los fundamentos que dieron origen a la formación del Movimiento 26 de Julio, reubicando a la revolución en la larga tradición de luchas de liberación nacional en América Latina. Acaso estas transformaciones representen indicios de que Cuba ha comenzado a distanciarse –si bien lentamente, como sugieren los hechos producidos desde julio de 2006 a la fecha- del modelo estatalista y monopartidario de socialismo a cuya construcción se abocó durante casi cinco décadas. Por otra parte, el fuerte apoyo que el gobierno continúa teniendo entre la propia población cubana, lleva a pensar que en su futuro cercano la isla no experimentará un proceso de rápida liberalización que conduzca a la caída del régimen, como sucedió en el caso de los comunismos de Europa Oriental. La fuerza que mantiene en Cuba y el respaldo que cuenta entre otros gobiernos latinoamericanos –hecho inédito en la historia de la revolución-, hacen que el régimen encuentre en la actualidad un contexto favorable para la transición hacia nuevas formas que, como quería el Castro del Movimiento 26 de Julio, no vean como incompatibles la justicia social y la democracia política. Es cierto que la revolución cubana ha resistido cincuenta años, pero esa resistencia ha sido también la de la generación de 1959 a ser sucedida en el poder, como lo demuestra el recambio de autoridades producido en julio de 2006.

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