
La conmemoración del cincuentenario de la revolución ha llevado a numerosos analistas a ensayar balances acerca de los logros y las falencias del régimen nacido de la revolución triunfante en 1959. En diarios, noticieros y hasta algunas conversaciones cotidianas, puede encontrarse que existe un juicio bastante extendido acerca de la realidad de Cuba. Es verdad que para algunos, el régimen existente en la isla no es sino una dictadura más, sólo que de ropajes socialistas. De la misma forma, para otros ese régimen es el símbolo de una heroica resistencia al imperialismo yanqui y de la decisión de un pueblo de afirmarse como protagonista de su historia. Sin embargo, dejando de lado estas miradas que se basan en una imagen simplificada de Cuba y su revolución, parece posible reconocer, como decíamos, que la opinión más generalizada se encuentra en algún punto intermedio entre esos dos extremos. En las últimas semanas, ante la cercanía del cincuentenario, en numerosos periódicos, documentales, programas televisivos y radiales se ensayaron balances sobre los logros y los fracasos de la revolución cubana. Entre los primeros se cuentan la erradicación del analfabetismo, la gratuidad de la educación -incluyendo la universitaria-, la excelencia y gratuidad de los servicios médicos, los muy bajos niveles de mortalidad infantil, la minúscula proporción de población en condiciones de indigencia, los reducidos niveles de inseguridad y la inexistencia de niños de la calle, entre muchos otros aspectos positivos. Los indicadores de desarrollo humano -inclusive los de la propia CIA, como la agencia lo registra en su World Factbook-, colocan a Cuba entre los mejores cuatro países de América Latina y entre las primeras cuarenta naciones del mundo. Sin embargo, siempre luego de presentar estos logros, aquellos balances nos presentan los fracasos, las deudas de la revolución. Entre éstas figuran los muy bajos niveles de crecimiento económico -"nosotros hacemos como que trabajamos, el estado hace como que nos paga", leí en un blog cubano hace unos días-, la imposibilidad de superar la dependencia del sector externo o las limitaciones impuestas a los ciudadanos cubanos para salir a otros países. Pero entre las deudas más importantes que señalan aquellos balances se encuentra sin duda alguna el control que el gobierno cubano ejerce sobre la vida política de la isla. Esto se manifiesta tanto en una actitud de vigilancia respecto a los discursos que circulan en la esfera pública, como en la vigencia del régimen de partido único que, para que se entienda bien, implica la prohibición legal para la existencia partidos políticos alternativos al PCC.
Ahora bien, repetido hasta el hartazgo y sin muchas diferencias en los medios de comunicación -lo que sugiere que los periodistas son bastante copiones- me parece que ese balance de dos columnas no resulta de mucha ayuda para pensar. Todavía más, arriesgaría a decir que esa clase de balances es en cierto una herencia de los años de Guerra Fría, cuando a la democracia política de las naciones occidentales se acostumbraba a oponer a democracia "real" de los países de la Europa Oriental. De esta forma, todo parece quedar reducido a una elección: democracia política o democracia "real", bienestar social o multipartidismo, igualdad o libertad. Al presentarnos balances relativamente imparciales, los medios y sus opinadores en realidad clausuran el debate: podríamos elegir una u otra cosa, dependiendo de nuestras preferencias, y listo. Defender o repudiar a Cuba quedan entonces como posturas igualmente legítimas. Ahora bien, me parece que la cuestión revela las trampas relativistas a las que con frecuencia nos conduce el liberalismo como teoría política. Aceptando como válidas distintas premisas, las tensiones a las que aquellas pueden llegar se resuelven ulteriormente en la elección en favor de una u otra de las opciones y nada más. Fin de la discusión.
Pero yo me pregunto, ¿es adecuada aquella forma de razonar implícita en los balances a los que nos referimos? ¿Es posible separar prolijamente, en columnas separadas, los "logros" y los "fracasos" de la revolución? ¿No se puede pensar la cuestión de un modo alternativo? ¿Debemos simplemente elegir entre celebrar o condenar a la revolución cubana, anteponiendo los logros a los fracasos o viceversa? ¿Hay que tomar una posición neutral, evaluando los aspectos positivos y negativos de aquella revolución? Yo creo que no. Creo que es posible dar una vuelta de tuerca al problema y que, en parte, de eso depende la posibilidad de imaginar nuevas formas de democracia y de justicia social para los países de América Latina.
Desde hace tiempo, numerosos politólogos están reflexionando sobre el problema de la calidad de la democracia en América Latina, señalando los efectos nocivos que en tal sentido tienen los fenómenos de exclusión social que impiden a una gran parte de los ciudadanos participar en la vida pública. Que una mayor integración social es una condición necesaria para la construcción democrática, es algo en lo que todos estarían de acuerdo. Acaso Cuba sea el país latinoamericano que mejor satisface esa distribución equitativa de los recursos, materiales y simbólicos, poniendo a sus ciudadanos en cierta igualdad de condiciones y no sólo de oportunidades. Pero aquí me atrevo a preguntar, aún con la profunda simpatía que me despiertan la Cuba socialista y las figuras de Fidel y el "Che", ¿de qué sirve erradicar el analfabetismo y asegurar la más amplia educación superior cuando las posibilidades de ejercer ese pensamiento con libertad se encuentran fuertemente limitadas? ¿Qué gobierno representativo hay cuando cuando los únicos representantes que pueden elegirse provienen invariablemente de un único partido político? ¿Porqué elegir personas produciría una mejor representación que elegir entre candidatos de diferentes partidos políticos? ¿Por qué la democracia -que por lo menos debe ser multipartidista- sería incompatible con el mantenimiento de la sociedad equitativa que Cuba supo construir?
Algo de paradójico se da al cumplirse los cincuenta años de la revolución cubana. Como nunca en su toda historia, la revolución encuentra hoy en el escenario latinoamericano más interlocutores de los que nunca antes tuvo. Sin embargo, al tiempo que pierde el aislamiento al que quedó confinada durante la segunda mitad del siglo XX, Cuba está quedando cada vez más distante de las nuevas formas de socialismo que están construyéndose en algunos países de América Latina. Quizás el mantenimiento de las conquistas de la revolución ya no dependa entonces de defender a uñas y dientes un régimen de partido único, sino en acompañar la trayectoria de aquellas sociedades latinoamericanas que, aún con todas las dificultades del caso, están construyendo formas democráticas de socialismo. En el discurso que dio en la ciudad de Córdoba en julio de 2006, Fidel Castro dijo que revolución es esencialmente "cambiar todo lo que debe ser cambiado". Quizás sea tiempo de que la revolución cubana se revolucione a sí misma.
Pero yo me pregunto, ¿es adecuada aquella forma de razonar implícita en los balances a los que nos referimos? ¿Es posible separar prolijamente, en columnas separadas, los "logros" y los "fracasos" de la revolución? ¿No se puede pensar la cuestión de un modo alternativo? ¿Debemos simplemente elegir entre celebrar o condenar a la revolución cubana, anteponiendo los logros a los fracasos o viceversa? ¿Hay que tomar una posición neutral, evaluando los aspectos positivos y negativos de aquella revolución? Yo creo que no. Creo que es posible dar una vuelta de tuerca al problema y que, en parte, de eso depende la posibilidad de imaginar nuevas formas de democracia y de justicia social para los países de América Latina.
Desde hace tiempo, numerosos politólogos están reflexionando sobre el problema de la calidad de la democracia en América Latina, señalando los efectos nocivos que en tal sentido tienen los fenómenos de exclusión social que impiden a una gran parte de los ciudadanos participar en la vida pública. Que una mayor integración social es una condición necesaria para la construcción democrática, es algo en lo que todos estarían de acuerdo. Acaso Cuba sea el país latinoamericano que mejor satisface esa distribución equitativa de los recursos, materiales y simbólicos, poniendo a sus ciudadanos en cierta igualdad de condiciones y no sólo de oportunidades. Pero aquí me atrevo a preguntar, aún con la profunda simpatía que me despiertan la Cuba socialista y las figuras de Fidel y el "Che", ¿de qué sirve erradicar el analfabetismo y asegurar la más amplia educación superior cuando las posibilidades de ejercer ese pensamiento con libertad se encuentran fuertemente limitadas? ¿Qué gobierno representativo hay cuando cuando los únicos representantes que pueden elegirse provienen invariablemente de un único partido político? ¿Porqué elegir personas produciría una mejor representación que elegir entre candidatos de diferentes partidos políticos? ¿Por qué la democracia -que por lo menos debe ser multipartidista- sería incompatible con el mantenimiento de la sociedad equitativa que Cuba supo construir?
Algo de paradójico se da al cumplirse los cincuenta años de la revolución cubana. Como nunca en su toda historia, la revolución encuentra hoy en el escenario latinoamericano más interlocutores de los que nunca antes tuvo. Sin embargo, al tiempo que pierde el aislamiento al que quedó confinada durante la segunda mitad del siglo XX, Cuba está quedando cada vez más distante de las nuevas formas de socialismo que están construyéndose en algunos países de América Latina. Quizás el mantenimiento de las conquistas de la revolución ya no dependa entonces de defender a uñas y dientes un régimen de partido único, sino en acompañar la trayectoria de aquellas sociedades latinoamericanas que, aún con todas las dificultades del caso, están construyendo formas democráticas de socialismo. En el discurso que dio en la ciudad de Córdoba en julio de 2006, Fidel Castro dijo que revolución es esencialmente "cambiar todo lo que debe ser cambiado". Quizás sea tiempo de que la revolución cubana se revolucione a sí misma.


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