domingo, 11 de enero de 2009

Solitaria soledad

Sin mucho que hacer, esta calurosa tarde de domingo, me puse a escuchar algunos discos de Atahualpa Yupanqui, aquel gigante del folklore argentino. La verdad es que me gustan todas sus composiciones, pero tengo una inclinación especial por sus discos de las décadas del '40 y del '50, como "El álbum de oro" (1947) o "El camino del indio" (1957).
El primero de esos discos se cierra con la canción "Cruz del sur". Resulta algo curioso -por lo menos para mí, que desconozco los pormenores de la composición de aquella canción- que Yupanqui pusiera ese título a una canción que habla de la soledad y de la finitud de la existencia humana. Mejor dicho, de la poderosa angustia que produce la conciencia del fin, tanto más profunda cuanto mayor la soledad de la persona. Acaso con ese título Yupanqui evocaba alguna noche de cielo estrellado, contemplando en silencio esa belleza cósmica que está vedada a los habitantes de las ciudades. No lo sé. Pero no deja de parecerme curioso también que, si la "Cruz del sur" sólo puede verse durante la noche, la figura que Yupanqui utiliza para representar la soledad (la sombra) está más bien asociada al día, al dominio del sol sobre las otras estrellas, a la momentánea victoria del día sobre la noche.
Sea como sea, "Cruz del sur" es una de esas piezas que logran transmitir de una manera conmovedora no ya la idea de la soledad, sino la sensación de soledad. Millares de artistas se ocuparon de representar, en diversas formas, esa situación en la que el hombre se encuentra en el umbral de la existencia. Si la soledad da al hombre conciencia de su presencia en el mundo, al mismo tiempo lo pone -al menos en su forma más extrema- frente al riesgo de su desaparición en tanto que individuo, al no ser ya reconocido por otras personas en relación a las cuales elabora esa individualidad. La soledad hace y deshace al hombre. Lo crea, como sucede en la soledad del artista; lo destruye, como ocurre en la soledad de un adicto.
No sé si Yupanqui pretendió abordar la cuestión de la soledad siguiendo una perspectiva semejante, tratando de responder las mismas preguntas. Pero sí podemos suponer que una de las reflexiones que dieron origen a la letra de "Cruz del sur" puede resumirse en la siguiente pregunta: ¿de qué forma representar una situación de extrema y, sobre todo, dolorosa soledad? En la respuesta que encontró se muestra bien el genio de Yupanqui.
Las figuras principales de "Cruz del sur" son dos: el hombre que canta sus versos y... su sombra. Nada más. ¿Qué forma más profunda de soledad que esa en la que un hombre contempla en su propia sombra su mejor y única compañía? ¿Hay una forma más cruda de soledad que aquella en la que un hombre ve a su sombra como otro ser, otro ser por cuyo destino futuro se preocupa cuando ese hombre termine su existencia? La primera estrofa de la canción es de una potencia abrumadora. "A veces sigo a mi sombra, a veces viene detrás". Nos muestra allí Yupanqui a un hombre que transita el espacio observando el lugar que ocupa su sombra mientras lo acompaña en un viaje solitario. Y en ese trayecto, el protagonista de la canción se pregunta, mostrándonos que ese hombre está tan solo en el mundo que no se pregunta por lo que sucederá con otras personas tras su muerte -su esposa, sus hijos, sus hermanos, sus amigos-, sino por el unico dato observable de su existencia: su propia sombra (!). "Pobrecita", dice lamentándose por ella, "cuando [yo] muera, ¿con quién se irá?".
Sería un despropósito comentar, uno por uno, todos los versos de "Cruz del sur". Digamos, simplemente, que la letra que sigue a aquella primera estrofa no hace más que seguir cavando esa profunda soledad, sin dejar que quien escucha pierda la sensación de angustia que el autor busca transmitir. Quizás lo mejor sea transcribir la letra de la canción, porque me parece de una sencillez y una profundidad sinceramente conmovedoras:

"Cruz del sur"

A veces sigo a mi sombra,
a veces viene detrás.
Pobrecita,
cuando muera,
¿con quién se irá?

No es que se vuelque mi vino,
lo derramo de intención:
mi sombra bebe y la vida
es de los dos.

Achatadita y callada,
nunca se podrá encontrar,
una sombra compañera
que sufra igual.

Sombrita cuídame mucho,
lo que tenga que dejar,
cuando me moje hasta adentro
la oscuridad.

A veces sigo a mi sombra,
a veces viene detrás.
Pobrecita,
cuando muera,
¿con quién se irá?

jueves, 8 de enero de 2009

Reglas que se doblan

Una vez más, la barbarie de la guerra se ha desatado en el escenario del Medio Oriente. El Estado de Israel ha lanzado feroces ataques en la franja de Gaza, fundamentando las operaciones -inclusive terrestres, a estas alturas- en la necesidad de desmantelar, a fuerza de bombas, la estructura organizativa del Hamas. Una vez más, sin embargo, esos ataques han hecho blanco en la población palestina, sin importar su condición de simpatizantes u opositores al Hamas, ni el hecho de que entre las víctimas de esas incursiones podían contarse mujeres y niños, como efectivamente sucedió.
Las respuestas de la comunidad internacional al conflicto no tardaron en llegar. De una parte, los llamados al cese al fuego y a la negociación, que no han sido todavía escuchados ni por Israel ni por el Hamas. Algunos entienden como justificada la guerra lanzada por Israel sobre Gaza, en tanto que sería una guerra defensiva o, más exactamente, preventiva, frente a la posibilidad de futuros y más violentos ataques del Hamas contra la población judía. La muerte de palestinos inocentes sería, de acuerdo a estas opiniones, el mal menor. Otros ven en la política de Israel una verdadera ironía de la historia: un Estado que a través de políticas de deliberada segregación -mientras derrumba edificios palestinos, Israel sigue construyendo su muro-, perseguiría la ghettización de la población palestina y, ulteriormente, la puesta en práctica de un verdadero genocidio contra esa población. Hay quienes se escandalizan al oir semejantes caracterizaciones sobre la política israelí hacia Palestina, argumentando que no es posible comparar la Shoá con los palestinos muertos tras décadas de conflicto -¿la idea de genocidio se reduce a un problema de escala, de magnitud?- o, en una línea más de izquierda, insistir en el carácter fundamentalista del Hamas, lo que está muy cerca de justificar la guerra lanzada por Israel sobre población civil palestina.
No nos importa aquí juzgar las verdades y las falacias que contienen esas distintas miradas sobre el conflicto. Lo que nos interesa en esta pequeña reflexión, es ensayar algo que no hemos visto planteado en la mayoría de los análisis sobre la situación actual en Medio Oriente. Pocos han señalado la profunda asimetría que existe entre las partes en conflicto: mientras que Israel es un Estado, el Hamas es una organización política, un partido, empleando el término en un sentido amplio. Esto no significa aprobar de ninguna manera los procedimientos del Hamas que, si habría que caracterizarlos, no tendríamos mayores objeciones a decir que se trata efectivamente de un movimiento terrorista. Ahora bien, el carácter terrorista de esa organización, ¿pone en pie de igualdad al Hamas e Israel? De ningún modo. ¿Puede entonces llamarse a este conflicto guerra? ¿Puede justificarse que un Estado lance contra una organización armada una respuesta militar de completa aniquilación? ¿Porqué los miembros del no fundamentalista ni premoderno Al-Fatah, incluyendo a la propia persona de Arafat, sufrieron anteriormente los ataques demoledores de las fuerzas israelíes?
El Hamas es un movimiento fundamentalista. Está bien, concedido. Pero es precisamente eso, un movimiento, un partido, no un Estado al que Israel pudiera lanzarle una guerra. Si la justificación está en que Gaza es el refugio del Hamas, ¿por qué Israel no se ha retirado de Cisjordania, territorio asignado ya desde hace más de una década a la Autoridad Nacional Palestina? ¿Por qué se bombardean escuelas? ¿Porqué se obstaculiza la llegada de ayuda humanitaria a la zona de conflicto? Aquí se revela la paradoja más importante que deja ver el conflicto: mientras Israel sigue obstaculizando el proceso de construcción del Estado palestino, juega contra la población árabe siguiendo las reglas de la política internacional y lanza una guerra contra ella. En otras palabras, mientras las reglas de la política internacional valen para la guerra, parecen no valer en el terreno de la política.
Algunas opiniones bloggeras con las que me encontré en los últimos días, que insisten en el carácter premoderno del Hamas -por no reconocer a Israel y por pretender instaurar un Estado religioso-, están muy cerca de justificar la desproporcionada acción militar israelí. Pero, ¿nos promete esa respuesta de Israel algo bueno "en términos de tolerancia, pluralidad, libertad negativa, etc."? Creo que nadie en su sana conciencia podría defender la idea de que a la tolerancia y a la pluralidad se las defiende a tiro limpio. Aún cuando el Hamas sea fundamentalista y terrorista, es falso considerar que la respuesta de Israel no pueda ser sino la de la guerra, sugiriendo que ello es "de sentido común". La guerra, tanto como el terrorismo, son acciones criminales y como tales deben ser repudiadas y combatidas. Decir, asimismo, que este conflicto "no va a generar más odio", sugiere la idea -falsa- de que el odio es el mismo que antes, que siempre estuvo, y que pensar una solución es una tarea de ilusos. De pasada, anotemos algo que no hay que dejar pasar: creer que la razón de la guerra pasa por la carta orgánica del Hamas es una burda equivocación y oculta el hecho de que Israel ha lanzado una guerra contra la población palestina y no contra una organización específica.
Confieso que me causó bastante sorpresa que esa mirada surgiera en la Argentina, porque me evocaba cierto aire de familia con los argumentos esgrimidos por el Estado argentino -por sus ocupantes furtivos, más bien- contra los movimientos guerrilleros, que no reconocían los poderes legítimamente constituidos y buscaban afirmar un Estado socialista. La dictadura de 1976 presentaba como una guerra para defender a la Nación de esos supuestos "enemigos internos", lo que en realidad fue una campaña de exterminio de un conjunto mucho más amplio de la población. Para Videla, Martínez de Hoz y tantos otros, las cartas orgánicas de aquellos movimientos no prometían nada bueno en materia de libertad negativa, etc., etc. A propósito, si la justicia argentina ha calificado de genocida a la última dictadura militar, ¿cómo no podría decirse algo semejante de la política israelí hacia la población árabe?


Hace algunos años, Edward Said dijo algo que creo resume bien las razones de este conflicto y, visto en más larga duración, los motivos de la imposibilidad de cumplir con los acuerdos que contemplaban la creación del Estado palestino: "el sionismo siempre ha querido más tierras y menos árabes." Hace algunos años también, Daniel Barenboim hizo de su orquesta, integrada por músicos judíos y palestinos, el manifiesto más hermoso en favor de la tolerancia. Dejar de ver en ello una manifestación de ingenuidad, es dar el primer paso para una resolución al conflicto entre Israel y Palestina.

martes, 6 de enero de 2009

El zapatismo y el desafío posmoderno

Ya bordea la medianoche y aunque, estoy algo cansado por el trajín del día, se me había ocurrido ensayar alguna reflexión aprovechando, nuevamente, la excusa de un aniversario. Se trata esta vez de los quince años del alzamiento zapatista en Chiapas, el 1º de enero de 1994, fecha en la que -como seguramente sabrán- México se incorporaba al Tratado de Libre Comercio con los otros dos países norteamericanos. (Dicho sea de paso, va siendo tiempo de hablar con propiedad y dejar de llamar norteamericanos a los que son sólo estadounidendes).
Desde 1994 a la fecha, el zapatismo, el EZLN y más específicamente el Subcomandante Marcos, han acaparado la atención de numerosos estudiosos y artistas, con sus curiosidades acicateadas por esa radical novedad que en varios aspectos implicó la emergencia de aquel movimiento. La original retórica del zapatismo -muy distante de la dura y severa prosa revolucionaria de las décadas anteriores-, su creativa apropiación de las tecnologías de la globalización como medios para divulgar su discurso de rebeldía a lo largo del planeta y su capacidad para apelar a un conjunto de sujetos más amplio que una clase o etnia en particular, son sólo algunos de los rasgos que le han dado esa originalidad. Originalidad que permitió, entre otras cosas, que las capuchas negras dejaran de ser tenidas como símbolos de terrorismo para pasar a ser vistas como emblemas de una rebelión que hace del anonimato -una condición a la que esos grupos habían sido condenados durante décadas de marginación- un arma que se vuelve contra lo dominante . Por mi parte, no dejo de sentir cierta profunda afectación por el movimiento zapatista, por la figura del Subcomandante y por su capacidad de resistir tanto el asedio del Ejército mexicano, como los patéticos alardes de algunos presidentes de México, que prometían que quince días les bastaban para solucionar el conflicto en Chiapas. Por todo ello, aprovecho para dar un saludo cibernético a los rebeldes de la Selva Lacandona, aún sabiendo que es muy improbable que los alcance el abrazo de este ignoto blog. Sin embargo, del zapatismo me fascina aquello mismo que me provoca cierta desconfianza. No, desconfianza no. Digamos, por usar una expresión conocida, que me obliga a mantener una perspectiva crítica respecto al pensamiento zapatista.
Pero primero lo primero: la razón de mi simpatía. Es bastante sencilla. En realidad, está sobre todo en advertir la lectura crítica que el zapatismo ha sabido hacer de la historia latinoamericana, en particular de la segunda mitad del siglo XX, período durante el cual se estableció como dominante un cierto paradigma de revolución -como meta posible de ser alcanzada por una pequeña vanguardia revolucionaria, que quizás tuvo su forma más emblemática en el llamado foquismo guevarista-, que sin embargo se tradujo en rotundas derrotas de esas iniciativas. Esa crítica a la "ilusión estatal" -como la ha denominado John Holloway- es uno de los aspectos más originales del zapatismo en relación a la tradición revolucionaria que lo antecede. En efecto, como los propios zapatistas se encargan de recordarnos, no es su objetivo "tomar", "conquistar", "ocupar" el Estado para desde allí lanzar un proceso de transformación social desde arriba. En lugar de ir a inyectar conciencia a sujetos carentes de ella -"concientizar", como se sigue repitiendo en la jerga de buena parte de la izquierda-, el zapatismo aprendió a oir a esos mismos sujetos. Y de ellos aprendió mucho. En particular, pudo desprenderse -con todas las consecuencias teóricas y prácticas de ello- de esa idea de que la construcción de una sociedad más justa y libre no puede en ningún caso ser producto de la razón de una vanguardia revolucionaria, por más claro que sea su pensamiento. ¿Puede una teoría decirnos cuál es la forma de sociedad más deseable? ¿Puede una ciencia social definirnos las características que esa sociedad debería tener, prescindiendo de la participación -activa, no solo invocada en el discurso a la manera de una presencia fantasmática- de otras formas de pensamiento? Que se me entienda bien: no pretendo sugerir ningún proyecto de restauración teológica -(¡Dios me salve!)-, sino tan sólo advertir que la política no es reductible a ciencia. La política es -y perdón por la definición tautológica- política. Dar por supuesto que existe alguna teoría social que es capaz de mostrarnos el camino, significa precisamente clausurar la puerta a la política: frente a la razón del otro, yo tengo la supremacía de un saber científico y con ello me basta.
Pero dije que había en el zapatismo algo que me provocaba cierta mirada crítica. No me interesa aquí tanto reparar en los argumentos de quienes acusan al zapatismo de obviar cómodamente el problema del Estado. De todos modos, a mí no me preocupa tanto esa cuestión (¿deben todos los movimientos sociales aspirar a ocupar el Estado?) como sí otra en la que creo se percibe mejor la ambigüedad -uso el término por simple comodidad, ¿qué o quién escapa a esa condición?- del zapatismo. En efecto, si uno debiera señalar cuál es el actor al que el zapatismo apela con su retórica, creativa y accesible a la vez, es la sociedad civil. Uno podría tener alguna contemplación con el pensamiento zapatista y señalar, de un modo relativista, que ello se explica por las particularidades de México, que durante gran parte del siglo XX se caracterizó por la debilidad de su sistema político y por la colonización del Estado por parte de un partido. Sin embargo, me parece importante ir más allá de esta explicación y señalar algo más de fondo. Si las vanguardias revolucionarias de los años sesenta y setenta interpelaban al proletariado o al campesinado, el zapatismo hace lo propio con la sociedad civil, a la que llama a levantarse contra un Estado ante todo opresivo. Pero ahí se presenta a mi juicio un problema, ¿es la sociedad civil un actor? Yo no lo creo. No lo creo en absoluto: la sociedad civil es simplemente un espacio, una dimensión de la sociedad.
Podría responderse a esto que estamos errando la perspectiva, que el zapatismo no ve, de manera ingenua, en la sociedad civil un actor homogéneo, sino que a través de ella refiere en realidad a una multiplicidad de actores sociales: indígenas, negros, mujeres, homosexuales, ecologistas, artistas, trabajadores, e infinitos etcéteras. Pero, ¿son todos esos actores equivalentes? No pretendo insinuar ninguna jerarquía entre esas identidades, que son necesariamente múltiples y no cabe reducir a una que las comprenda a todas. A lo que apunto es a otra cosa. ¿Se ubican todos esos actores en un mismo plano? ¿Hablan un mismo lenguaje? Tengo mis dudas al respecto. El principal desafío que en la actualidad enfrentan los movimientos sociales emancipatorios está precisamente en la "comunicabilidad" de sus luchas, en la posibilidad de establecer vínculos, conexiones, que vayan más allá de las habituales declaraciones de solidaridad de unos para con otros. ¿Existe comunicación significativa alguna entre, pongamos por caso, un movimiento indígena y un movimiento homosexual? ¿La hay entre ecologistas y trabajadores? Si se atiende al estado actual de esos movimientos, todo parece sugerir lo contrario. Entonces es aquí donde la cuestión del zapatismo se revela en toda su ambigüedad: su discurso, tan amplio como para que todas las situaciones de opresión encuentren en él una voz propia, cobra de esa manera una formidable extensión; pero lo hace justamente en unas condiciones que parecen impedir la construcción de un destino común para todos esos actores. ¿Debemos entonces reemplazar nuestra imagen clásica de emancipación societal por la de una multiplicidad de pequeñas emancipaciones? El destino político que ha conocido el zapatismo parece ser testimonio de estas dificultades. Por quince años ha logrado resistir en la selva chiapaneca. Pero ¿no ha conducido ello a una suerte de parálisis política del zapatismo? ¿Cuáles son sus perspectivas futuras? ¿Redescubrirá la aspiración a controlar el Estado? ¿Seguirá apelando a la sociedad civil como factor de transformación? ¿Se contentará con la construcción de una sociedad paralela, refugiada en el ámbito de las comunidades? ¿Los zapatistas están solos o no? No tenemos respuestas para ninguna de estas preguntas. Simplemente nos limitamos a formularlas, porque nos parece una buena forma de, cuanto menos, volver a pensar sobre la cuestión. Se ha hecho bastante tarde ya y mañana espera el trabajo, de manera que dejamos aquí estas reflexiones esperando compartirlas con algún ciberlector.

domingo, 4 de enero de 2009

Cuba, cincuenta años después - II (Un poco de historia)


Por décadas, Cuba fue vista como un faro para la revolución socialista, imagen que el propio régimen contribuyó a alimentar atando el destino de la nación al de la revolución. Sin embargo, como es sabido, ésta no había sido “roja” desde el principio: no fue sino hasta diciembre de 1961 que el régimen se proclamó como marxista-leninista. Los objetivos que habían llevado a la fundación del Movimiento 26 de Julio, no correspondían cabalmente con la imposición de la dictadura del proletariado. En palabras del propio Castro, “sus filas estarán abiertas para todos los cubanos que sinceramente deseen restablecer en Cuba la democracia política e implantar la justicia social.” Democracia política y justicia social no eran vistos como elementos incompatibles o subordinables uno a otro. Todavía más, el Movimiento 26 de Julio estuvo lejos de ser el único actor comprometido con el derrocamiento de la dictadura iniciada en 1952: el Partido Revolucionario Cubano, el Directorio Revolucionario, la Acción Nacional Revolucionaria y las organizaciones sindicales, entre otros, también estuvieron involucrados en la lucha armada para terminar con la dictadura de Batista. Así, la revolución triunfante en 1959 no respondió precisamente al modelo leninista de vanguardia que luego muchos creyeron ver -y continúan viendo- en ella, sino más bien a la articulación de diversos movimientos en torno a un nacionalismo popular antiimperialista del que no habían faltado experiencias en América Latina.
El 1º de enero de 1959, en el periódico Patria el propio “Che” Guevara señalaba que “el Movimiento 26 de Julio, ligado a los más altos intereses de la nación cubana, da su batalla, sin desplantes pero sin claudicaciones, por los obreros y los campesinos, por los profesionales y pequeños comerciantes, por los industriales nacionales, por la democracia y la libertad, por el derecho de ser hijos libres de un pueblo libre.” Al menos durante sus primeros años, la revolución no hablaba el lenguaje de una clase, sino el de un pueblo de contornos más amplios, nacionales, que comprendía a diversos sectores sociales. Estas cuestiones suelen ser dejadas de lado, como algo prácticamente insignificante frente al conjunto de la trayectoria de la revolución cubana, embarcada en el socialismo desde finales de 1961. Cuando no son directamente olvidados, ese tipo de discursos de la dirigencia revolucionaria son tomados como evidencia del tino político de esos mismos líderes, que sabiendo de las aprensiones que podía despertar una explícita invocación al socialismo, preferían mantenerse en un lenguaje político más impreciso pero que permitiera amplificar todo lo que se pudiera el discurso revolucionario. El Movimiento 26 de Julio habría sido, desde esta mirada, una suerte de réplica de la "máscara de Fernando VII" que los líderes independentistas de Sudamérica habrían empleado para no despertar las sospechas de los defensores del orden colonial.
Pero fue una serie de imperativos estratégicos antes que una convicción ideológica hasta entonces ocultada por los líderes revolucionarios, lo que condujo a construir la legitimidad del nuevo régimen a partir de otros valores y tradiciones políticas. En primer lugar, el desarrollo de la revolución –sobre todo el fracaso de la huelga general de abril de 1958- había demostrado a los dirigentes del Movimiento 26 de Julio que estaban lejos de dirigir por completo dicho proceso. El paulatino acercamiento de Castro a los comunistas cubanos obedeció al interés de aquella dirigencia de fortalecer su poder frente a otros sectores con los que se competía por el control político del nuevo régimen. Los comunistas ofrecían a Castro la posibilidad de contar con relaciones más sólidas con las organizaciones sindicales, que por cierto no respondían orgánicamente a las estrategias del Movimiento 26 de Julio. Esto provocó el alejamiento e inclusive la prisión de algunos revolucionarios –como en el caso del Comandante Huber Matos- que no aprobaban ese acercamiento al Partido Comunista, entre otras razones porque éste había colaborado con el primer gobierno de Batista (1940-1944).
Por otra parte, las diversas nacionalizaciones de servicios y la reforma agraria –que en su primera fase había contemplado la existencia de propiedad privada en parcelas de hasta 400 hectáreas-, pronto despertaron el rechazo del gobierno de los Estados Unidos, siendo que afectaron severamente a los capitales norteamericanos en la isla. Para 1961 su respuesta coincidió con el encono de los cubanos que habían escapado de su país luego del triunfo de la revolución. En abril de ese año, el combate de Playa Girón representó la manifestación más clara de esa comunión de intereses entre los exiliados y la administración Kennedy, pero también un episodio decisivo para el nuevo régimen cubano, que consagraría el combate al imperialismo norteamericano como su más importante fuente de legitimación política. La derrota infligida a las fuerzas invasoras logró que la revolución sobreviviera, pero concientes de la persistencia de la amenaza norteamericana, los dirigentes cubanos vieron la necesidad de establecer alianzas defensivas con otros países. Fue en este sentido que el acercamiento a los comunistas también resultó ventajoso para Castro, dado que ello le permitió contar con el auxilio de la URSS frente a la posibilidad de un nuevo intento de invasión. En diciembre de 1961, casi tres años después del derrocamiento de Batista, Castro declaró al régimen cubano como marxista-leninista. En junio de 1962, aquella alianza se materializó en la instalación de misiles nucleares soviéticos en la isla caribeña, dando lugar a una profunda crisis diplomática, finalmente resuelta de manera bilateral entre Estados Unidos y la URSS. Pero la colaboración militar y económica de la potencia socialista tuvo su contraparte en un más estrecho alineamiento de Cuba con la URSS, manifiesto por ejemplo en el apoyo que Castro dio a la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968.
La disolución de la URSS significó un profundo desafío para Cuba, pero aun con todas las dificultades que ello implicó frente a la vigencia del bloqueo económico impuesto por los EEUU, el socialismo cubano ha logrado sobrevivir a su potencia benefactora. La apertura a las inversiones extranjeras, especialmente en el sector del turismo, ha permitido a la isla sortear lo peor de la crisis a la que se enfrentó desde comienzos de la década de 1990. En los últimos años, el acercamiento a la Venezuela de Chávez ha representado una estrategia provechosa, no sólo en términos económicos sino también políticos, sobre todo a partir de la posición antiimperialista de ambos países. Sin renunciar a sus principios, el socialismo hacia el cual parece orientarse Cuba cincuenta años después de la revolución parece algo diferente del que construyó bajo el amparo soviético.
Por ejemplo, algunos desplazamientos en la retórica revolucionaria parecen sugerir que está teniendo lugar una redefinición de sus horizontes. No son sólo las tradicionales figuras del imaginario marxista las que pueblan el panteón de héroes de la revolución. En él ocupan un lugar cada vez más destacado otras de talante más propiamente latinoamericano -tales como Simón Bolívar o José Martí- que tienen en común su lucha contra el imperialismo, norteamericano más precisamente. Al recrear así su discurso, el régimen cubano parece retomar los fundamentos que dieron origen a la formación del Movimiento 26 de Julio, reubicando a la revolución en la larga tradición de luchas de liberación nacional en América Latina. Acaso estas transformaciones representen indicios de que Cuba ha comenzado a distanciarse –si bien lentamente, como sugieren los hechos producidos desde julio de 2006 a la fecha- del modelo estatalista y monopartidario de socialismo a cuya construcción se abocó durante casi cinco décadas. Por otra parte, el fuerte apoyo que el gobierno continúa teniendo entre la propia población cubana, lleva a pensar que en su futuro cercano la isla no experimentará un proceso de rápida liberalización que conduzca a la caída del régimen, como sucedió en el caso de los comunismos de Europa Oriental. La fuerza que mantiene en Cuba y el respaldo que cuenta entre otros gobiernos latinoamericanos –hecho inédito en la historia de la revolución-, hacen que el régimen encuentre en la actualidad un contexto favorable para la transición hacia nuevas formas que, como quería el Castro del Movimiento 26 de Julio, no vean como incompatibles la justicia social y la democracia política. Es cierto que la revolución cubana ha resistido cincuenta años, pero esa resistencia ha sido también la de la generación de 1959 a ser sucedida en el poder, como lo demuestra el recambio de autoridades producido en julio de 2006.

sábado, 3 de enero de 2009

Cuba, 50 años después - I


La conmemoración del cincuentenario de la revolución ha llevado a numerosos analistas a ensayar balances acerca de los logros y las falencias del régimen nacido de la revolución triunfante en 1959. En diarios, noticieros y hasta algunas conversaciones cotidianas, puede encontrarse que existe un juicio bastante extendido acerca de la realidad de Cuba. Es verdad que para algunos, el régimen existente en la isla no es sino una dictadura más, sólo que de ropajes socialistas. De la misma forma, para otros ese régimen es el símbolo de una heroica resistencia al imperialismo yanqui y de la decisión de un pueblo de afirmarse como protagonista de su historia. Sin embargo, dejando de lado estas miradas que se basan en una imagen simplificada de Cuba y su revolución, parece posible reconocer, como decíamos, que la opinión más generalizada se encuentra en algún punto intermedio entre esos dos extremos. En las últimas semanas, ante la cercanía del cincuentenario, en numerosos periódicos, documentales, programas televisivos y radiales se ensayaron balances sobre los logros y los fracasos de la revolución cubana. Entre los primeros se cuentan la erradicación del analfabetismo, la gratuidad de la educación -incluyendo la universitaria-, la excelencia y gratuidad de los servicios médicos, los muy bajos niveles de mortalidad infantil, la minúscula proporción de población en condiciones de indigencia, los reducidos niveles de inseguridad y la inexistencia de niños de la calle, entre muchos otros aspectos positivos. Los indicadores de desarrollo humano -inclusive los de la propia CIA, como la agencia lo registra en su World Factbook-, colocan a Cuba entre los mejores cuatro países de América Latina y entre las primeras cuarenta naciones del mundo. Sin embargo, siempre luego de presentar estos logros, aquellos balances nos presentan los fracasos, las deudas de la revolución. Entre éstas figuran los muy bajos niveles de crecimiento económico -"nosotros hacemos como que trabajamos, el estado hace como que nos paga", leí en un blog cubano hace unos días-, la imposibilidad de superar la dependencia del sector externo o las limitaciones impuestas a los ciudadanos cubanos para salir a otros países. Pero entre las deudas más importantes que señalan aquellos balances se encuentra sin duda alguna el control que el gobierno cubano ejerce sobre la vida política de la isla. Esto se manifiesta tanto en una actitud de vigilancia respecto a los discursos que circulan en la esfera pública, como en la vigencia del régimen de partido único que, para que se entienda bien, implica la prohibición legal para la existencia partidos políticos alternativos al PCC.
Ahora bien, repetido hasta el hartazgo y sin muchas diferencias en los medios de comunicación -lo que sugiere que los periodistas son bastante copiones- me parece que ese balance de dos columnas no resulta de mucha ayuda para pensar. Todavía más, arriesgaría a decir que esa clase de balances es en cierto una herencia de los años de Guerra Fría, cuando a la democracia política de las naciones occidentales se acostumbraba a oponer a democracia "real" de los países de la Europa Oriental. De esta forma, todo parece quedar reducido a una elección: democracia política o democracia "real", bienestar social o multipartidismo, igualdad o libertad. Al presentarnos balances relativamente imparciales, los medios y sus opinadores en realidad clausuran el debate: podríamos elegir una u otra cosa, dependiendo de nuestras preferencias, y listo. Defender o repudiar a Cuba quedan entonces como posturas igualmente legítimas. Ahora bien, me parece que la cuestión revela las trampas relativistas a las que con frecuencia nos conduce el liberalismo como teoría política. Aceptando como válidas distintas premisas, las tensiones a las que aquellas pueden llegar se resuelven ulteriormente en la elección en favor de una u otra de las opciones y nada más. Fin de la discusión.
Pero yo me pregunto, ¿es adecuada aquella forma de razonar implícita en los balances a los que nos referimos? ¿Es posible separar prolijamente, en columnas separadas, los "logros" y los "fracasos" de la revolución? ¿No se puede pensar la cuestión de un modo alternativo? ¿Debemos simplemente elegir entre celebrar o condenar a la revolución cubana, anteponiendo los logros a los fracasos o viceversa? ¿Hay que tomar una posición neutral, evaluando los aspectos positivos y negativos de aquella revolución? Yo creo que no. Creo que es posible dar una vuelta de tuerca al problema y que, en parte, de eso depende la posibilidad de imaginar nuevas formas de democracia y de justicia social para los países de América Latina.
Desde hace tiempo, numerosos politólogos están reflexionando sobre el problema de la calidad de la democracia en América Latina, señalando los efectos nocivos que en tal sentido tienen los fenómenos de exclusión social que impiden a una gran parte de los ciudadanos participar en la vida pública. Que una mayor integración social es una condición necesaria para la construcción democrática, es algo en lo que todos estarían de acuerdo. Acaso Cuba sea el país latinoamericano que mejor satisface esa distribución equitativa de los recursos, materiales y simbólicos, poniendo a sus ciudadanos en cierta igualdad de condiciones y no sólo de oportunidades. Pero aquí me atrevo a preguntar, aún con la profunda simpatía que me despiertan la Cuba socialista y las figuras de Fidel y el "Che", ¿de qué sirve erradicar el analfabetismo y asegurar la más amplia educación superior cuando las posibilidades de ejercer ese pensamiento con libertad se encuentran fuertemente limitadas? ¿Qué gobierno representativo hay cuando cuando los únicos representantes que pueden elegirse provienen invariablemente de un único partido político? ¿Porqué elegir personas produciría una mejor representación que elegir entre candidatos de diferentes partidos políticos? ¿Por qué la democracia -que por lo menos debe ser multipartidista- sería incompatible con el mantenimiento de la sociedad equitativa que Cuba supo construir?
Algo de paradójico se da al cumplirse los cincuenta años de la revolución cubana. Como nunca en su toda historia, la revolución encuentra hoy en el escenario latinoamericano más interlocutores de los que nunca antes tuvo. Sin embargo, al tiempo que pierde el aislamiento al que quedó confinada durante la segunda mitad del siglo XX, Cuba está quedando cada vez más distante de las nuevas formas de socialismo que están construyéndose en algunos países de América Latina. Quizás el mantenimiento de las conquistas de la revolución ya no dependa entonces de defender a uñas y dientes un régimen de partido único, sino en acompañar la trayectoria de aquellas sociedades latinoamericanas que, aún con todas las dificultades del caso, están construyendo formas democráticas de socialismo. En el discurso que dio en la ciudad de Córdoba en julio de 2006, Fidel Castro dijo que revolución es esencialmente "cambiar todo lo que debe ser cambiado". Quizás sea tiempo de que la revolución cubana se revolucione a sí misma.

Fundación


Desde hace tiempo venía masticando la idea de hacer un blog. Si no lo había hecho hasta ahora era básicamente porque me daba algo de pereza tener que incorporar algo este espacio cada tanto. Además, siempre he sido -y lo sigo siendo- muy escéptico acerca de los blogs como expresiones cibernéticas de la esfera pública, como también de las cadenas de mails y peticiones virtuales, cuyos resultados que creo siempre nulos aunque participo de ellas.
Es cierto que a través de estos nuevos medios uno puede dar publicidad a sus ideas, esquivar los controles massmediáticos sobre la opinión y hasta encontrar un hobby que nos permita, a quienes somos completamente torpes con las manos, entretenernos con algo una lluviosa tarde de domingo. Me arriesgaría a pensar que en esto último está la utilidad de los blogs. Alcanza con pasearse algunas horas en internet para encontrar que las comunidades bloggeras tienen contornos bastante bien definidos y que en algunos casos llegan a ser bastante endogámicas. Siempre he tenido la impresión de que los blogs son algo así como los fanzines y volantes que circulan con prodigalidad en los ámbitos universitarios: sirven para convencen a los convencidos. De todas maneras, si mantener un blog es un entretenimiento, al menos es socialmente más productivo -cuánto, no lo se- que hacer lo mismo con un Tamagotchi de esos que circulaban hace unos años y que han desaparecido sin pena ni gloria. Con un poco de suerte, quizás ese entretenimiento se convierta en un punto para el encuentro con otros cibernautas y, con algo más de fortuna, para pensar y debatir junto a ellos. Ya veremos qué pasa.